El tío Domingo y la tía Maclovia

17 septiembre, 2016

JORGE HUMBERTO GOMEZ SALDIVAR

TULA, TAM.- (Continúa) También disfrutábamos de los olores característicos de tal sitio: el constante aroma a comida cocinada en leña de mezquite; el perfume a campo y el picante olor almizclado del corral de las cabras que, sin restricción alguna de normas sanitarias y como la cosa más normal del mundo, estaba frente a la cocina, a escasos dos metros.

Un placer más se agregaba a los ya mencionados, cuando mi tío, que era un excelente jarciero, nos regalaba las reatitas de juguete de fino acabado para jugar a las lazadas.

A mí me gustaba ayudarle a hilar y a cardar, pero sólo un momento, pues luego nos íbamos al enorme columpio hecho con una gruesa y resistente reata a la que se le adosaba como asiento una tabla labrada a filo de cuchilla y que pendía de un gran mezquite. El motivo era darnos vuelo hasta el punto de peligrar nuestra integridad física, pero a cambio sentir el cosquilleo visceral y la sensación de un vértigo libertario. Esto con la casi siempre cascarrabias Cande y la alegre y divertida Nena; las primas grandes que vivían con ellos, como si fuesen sus hijas. Luego, más tarde, nos íbamos a jugar a las resbaladillas en los amplios taludes de choi que abundan en este cerro, como en las demás colinas tultecas, y que es un terreno arenisco cuya superficie se desmorona fácilmente en partículas arenosas, pero llenas de aristas, y eso te permite deslizarte por el empinado talud, aunque con cierta dificultad; por eso ahí pasaban a mejor vida, con el consabido enojo de nuestros padres, los tenis más populares de ese tiempo: los Súper-Faro.

A casa de estos tíos podíamos ir por dos caminos, de acuerdo a nuestro estado energético mezclado con el del ánimo y según con quienes fuéramos.

Si estábamos animosos y éramos nada más los hombrecitos (mis hermanos Toño y Óscar, nuestros primos Pepe y Julio y yo), bajábamos el barranco que estaba directamente frente a la salida posterior de nuestra casa por la calle Ocampo por los trepaderos que teníamos bien marcados de tanto ir y venir; vadeábamos el río y la acequia que corría paralela por la orilla poniente de éste, atravesábamos la explanada de la adobera, después subíamos unos cincuenta metros a la carrerilla para llegar al caminito que recorre, bordeando, toda la falda del cerro, luego caminábamos unos treinta metros y llegábamos por la parte posterior. Todo esto corriendo y brincado como cabras monteses.

Si íbamos con las niñas: nuestras hermanas, Alma, Norma y Mireya y las primas Yoyis y Mara, lo hacíamos por el camino largo, el más seguro, para preservar el buen estado físico de las más pequeñas: caminábamos por la calle Ocampo, hasta “la bajada de la presidencia” y atravesábamos el río por la vereda de rocas que estaba frente a la casa de don Macario y que los vecinos acondicionaban luego de cada lluvia poderosa exprofeso. Entonces teníamos que pasar por la casa de su vecino; don Avelino Vázquez, pues no había cerca divisoria por ese lado; nunca supe por qué. Pero primero bordeábamos el manantial que brotaba al pie del cerro, cuyas aguas regaban las huertas de la Alameda.

Pero todo aquello era aún mejor cuando nos visitaban los primos de Nuevo Laredo: Nelly, Fito, Muñeca, Chiquis, Vivis y Sandra, los hijos de los tíos Rodolfo Saldívar y Chelo Obregón. Eran días de mayor prudencia. Estábamos advertidos por nuestro padres que había que cuidarles, pues ellos, citadinos que eran, no sabían “andar” por aquellos andurriales, pero también era divertido compartir con ellos aquello que a nosotros nos parecía digno de compartir.

Aquella casa me gustaba. Constaba de varias chozas acomodadas en terraplenes, pues el terreno es el talud de la falda del cerro.

Las casitas eran de paredes de ramas de palo blanco entreveradas entre sí y jaharradas de lodo; su techo era de palma y su piso de tierra; siempre barrido y regado constantemente con “polvitos” de agua para que estuvieran sin tierra suelta y frescos.

La choza mayor era el dormitorio: una cama matrimonial y un ropero de dos puertas con cajonera en medio y tocador con espejo sobre ésta. Allí también tenía la tía su máquina de coser y su mesita de trabajo.

Frente a esta gran tejavana, estaba la choza de la jarcería y, tras de ésta, otra menor, para las visitas. Pero la que más me gustaba era la que servía de cocina; con su fogón en una esquina, su mesita recargada en el costado que daba vista hacia el río y su piedra con el metate y el tronco donde estaba adosado un molinillo en el que se molía desde el queso, pasando por el café y el nixtamal, hasta la carne.

Era un placer ver cocinar a mi tía; contemplar cómo se inflaban las tortillas en el comal de barro y más placer aún, cuando nos convidaba de las que iban saliendo; tiernitas y apenas desinflándose, con una pisquita de sal y en forma de un taco comprimido; o en ricos tacos de huevo con chile verde y con queso de cabra recién hecho. La comida de mi tía Maclovia era una exquisitez olorosa a leña y a campo. Es

aún un manjar inolvidable… pero irrepetible.

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